Reflexionemos
Desde que en el año 1952 se desarrollara la primera válvula cardiaca, la sucedieron muchas otras de empresas como Biort, Carpentier y St. Jude o Metronic. Cuando sucedieron los hechos que hemos denunciado en esta página, esas marcas habían demostrado su éxito durante 25 años y se implantaban miles de ellas en hospitales españoles.
No era necesario llevar a cabo una negligencia médica en España implantando masivamente en personas esos nuevos inventos, que no estaban experimentados adecuadamente. Además de hacerlo sin ninguna autorización y sin el adecuado control sanitario.
El Dr. Diego Figuera Aymerich y el Dr. José Luis Castillo-Olivares Ramos se denominaban a sí mismos científicos. Pero cualquier científico sabe, que para que una investigación tenga resultados fiables y positivos. Tiene que seguir unos protocolos establecidos. Someterse a muchos tipos de pruebas durante mucho tiempo. De muchos medios y de personal especialista multidisciplinar. Al azahar es prácticamente imposible descubrir nada importante en la actualidad.
¿Como es posible que dos Licenciados en Medicina sean capaces de fracasar hasta cuatro veces haciendo experimentos con cientos de seres humanos y ellos mismos no los paralizasen? Solo pararon cuando fueron acorralados por ciudadanos y autoridades que denunciaban los escándalos sanitarios que habían provocado tal cantidad de muertos en España.
Abusaron de su posición de confianza y poder, para convertir a pacientes de una clase social baja en “material de ensayo”, negándoles su condición de personas con dignidad y capaces de decidir sobre si mismos. Los pacientes fueron tratados como un medio para conseguir prestigio profesional, o un beneficio económico y no como el fin que deberían ser.
Como indica el informe realizado por médicos del Hospital Miguel Server de Zaragoza. Cuando se degeneraba el tejido biológico, se acartonaba y se rompía de golpe. Raramente llegaba ningún paciente vivo al hospital. Generalmente morían desangrados, con vómitos de sangre y encharcamiento de los pulmones.
Ningún paciente que sobrevivió, se libró de una dilatación y deterioro exagerado de su corazón, además de numerosas secuelas graves de por vida. Aquellos que sobrevivieron, lo hicieron gracias a muchos cirujanos ajenos a esta corrupción sanitaria, que cuando fueron conscientes de que aquellas válvulas estaban matando a todos sus pacientes, tomaron la decisión de quitarles de los corazones aquellos artilugios.
Cuando salto el escándalo sanitario, la Fiscalía tuvo en su poder muchas pruebas. Una investigación de la Guardia Civil, una comisión parlamentaria, documentos que revelaban graves irregularidades, los informes anatopatológicos que demostraban la improvisación y cobayismo, así como las denuncias de técnicos sanitarios y médicos que se atrevieron a advertir del peligro de negligencia médica.
Pero ninguna institución del estado decidió paralizar los experimentos. A partir de ese momento, la cadena institucional de corrupción sanitaria en España, participó en un entramado de silencios y excusas, que solo respondió cuando era demasiado tarde y de forma defensiva. No era suya la mano que hacía las válvulas, pero sí suya la omisión de su deber de proteger a sus ciudadanos de una negligencia médica.
Estos doctores siguieron experimentando en seres humanos, hasta que 3 años después, dos pacientes, Josefina Gago López de 30 años y Eduardo Calvo Gómez de 31 años coincidimos en el hospital y descubrimos que habíamos sido sometidos a un terrible experimento, juntos con otras 2200 personas.
Fue tan fuerte el shock al comprobar cómo morían decenas de nuestros compañeros y descubrir que habíamos sido cobayas humanas. Que en aquellos momentos no tuvimos en cuenta el peligro que corríamos. Como éramos pacientes y no dependíamos de las administraciones del estado, nadie implicado en la corrupción sanitaria nos podía cesar. Así que emprendimos nuevas acciones de denuncia y de lucha. Eso nos acarreó amenazas y represalias contra nosotros, dentro y fuera de los centros hospitalarios.
Nunca olvidare las palabras de mi madre Carmen mientras sufría por lo que me habían hecho.
Hijo lucha. Que sepa todo el mundo, que las madres de los pobres también sufrimos cuando hacen daño a nuestros hijos. Lucha hasta el final.
Nadie está preparado para cargar con un peso así: ser consciente de que el Estado que debía protegerte te convirtió en víctima de un experimento ilegal. Descubrir que el mismo sistema judicial que debía impartir justicia prefirió callar el escándalo sanitario para “no poner en peligro la democracia”.
¿Qué democracia es esa que necesita esconder cadáveres de inocentes para sostenerse en pie?
A veces me preguntan por qué sigo insistiendo, por qué no paso página. La respuesta es que la vida de quienes murieron merece memoria, no silencio. Porque aún falta conocer muchas piezas de este puzle y porque aún existen familiares que nunca recibieron una explicación, y que ni siquiera saben en qué condiciones murieron sus seres queridos. Porque las víctimas de las Válvulas de la Muerte no fueron números en un informe, sino personas humildes, trabajadores, madres, hijos, campesinos, que confiaron en la sanidad pública española y fueron traicionados.
Las víctimas de las Válvulas de la Muerte no pedimos venganza. Pedimos verdad y garantizar en España una cultura de derechos sanitarios y justicia restaurativa. Pedimos que se reconozca lo que ocurrió, que los nombres de quienes murieron no se entierren debajo de una inmensa losa, de ego y poder. Que esta historia se estudie y se recuerde como lo que fue: una advertencia de hasta dónde puede llegar la deshumanización, cuando la ciencia se separa de la ética y el poder se pone por encima de la vida.
Yo seguiré hablando, mientras mi corazón aguante. Porque callar sería volver a matar a quienes ya no pueden defenderse. Y porque, aunque muchos quieran enterrarla, esta historia sigue y seguirá latiendo.
Eduardo Calvo


